Hace unos días me encontré con Alicia, una muchacha joven a la que conocí tiempo atrás. Me invitó un café, quería hablarme de la situación que estaba pasando en su trabajo. Su rostro se veía pálido y demacrado como cuando alguien lleva días sin poder dormir. Alicia trabajaba desde hace varios meses en la cafetería de una universidad y si bien, al principio estaba contenta de haber encontrado ese empleo dada la situación de la economía, ahora estaba enojada con el destino que la había llevado para allá. Tiempo atrás Alicia había tenido un accidente bastante serio que casi le costó ambos pies. Gracias a Dios logró recuperarse, pero tenía una montaña de deudas por haber estado casi 8 meses sin poder trabajar.
Me contó que cuando se presentó a la entrevista con el Manager General, Mr. Malinka, éste le preguntó si ella era rápida. “Por supuesto” – contestó Alicia – “Soy muy buena trabajando bajo stress”. Inmediatamente después de eso fué contratada y asignada a la sección de despacho de la cafetería. Al mediodía el local se llenaba de público y todas las manos se hacían pocas, por lo que la pregunta de Mr. Malinka tenía sentido para ella ahora.
Alicia estaba fascinada con la variedad en la oferta y con la organización de la empresa. Toda su motivación estaba dirigida a hacer un buen trabajo y salir de las deudas lo más pronto posible. Hubo sin embargo, algunas cosas extrañas de las que no se dió cuenta al principio, pero que con el paso de los días se fueron haciendo más y más notorias: Sus colegas que al principio parecían ser amables, ahora ya no la saludaban. A veces hacían comentarios sin sentido como “las Torres Gemelas ya han caído” o “Aguilas que debían ser traídas al suelo”. Alicia no ponía mucha atención a lo que se decía porque estaba siempre muy ocupada. Otra cosa rara que ella notó, fué que cuando se acababa algún ingrediente, tenía que ir a buscarlo personalmente y dejar al público en la fila esperando. Cuando ella empezó en esa empresa las cosas no eran así; siempre había alguien atrás reponiendo para que el personal de adelante pudiera entregar el pedido de manera más rápida. A propósito de personal de adelante, eso es otra cosa que cambió; al principio había tres personas preparando sandwiches, ahora Alicia estaba completamente sola. Muchas veces veía la impaciencia y la frustración en la cara de los profesores y estudiantes, pero ella ya no podía apurarse más.
Un día Alicia le pidió a una colega amablemente que le ayudara y ésta le respondió de manera poco cortéz – “Tú no eres nadie aquí para darme órdenes”. Alicia se extraño que su colega usara la palabra “órdenes”; ella le había dicho por favor. Seguidamente y en medio de todo el apuro, le pidió a la supervisora que pusiera a otra persona adelante, pero ésta no sólo ignoró su petición, sino que además la reprendió en frente de los clientes por haber dejado algunos ingredientes fuera del refrigerador. Alicia estaba confundida con las respuestas de ambas, pensó que tal vez ni su colega ni la supervisora se daban cuenta que el público estaba harto de esperar. Sin embargo, siguió trabajando con una sonrisa. De pronto notó que le faltaban instrumentos básicos para poder desempeñar su tarea como lápiz, papel, espátula, cuchillo, etc. Estaba segura de haberlos tenido ahí momentos atrás, pero ahora no los podía encontrar. Decidió ir a la cocina a buscarlos de nuevo, dejando por un momento al público esperando en la línea. Grande fue su sorpresa al encontrar a sus compañeras de trabajo y a su supervisora hablando de ella y riéndose a carcajadas. Sintió que la sangre le subía a la cabeza y que un velo se le caía de los ojos; por primera vez tenía la oportunidad de ver algo más que el público y los sandwiches: Ella era la única persona que estaba en su posición, la única que estaba entregando los pedidos, la única reponiendo, la única trabajando. Con los ojos llenos de lágrimas quiso salir corriendo, pero la extrema necesidad de trabajar la detuvo. Cuando sus colegas y la supervisora la vieron, volvieron rápidamente a sus posiciones. Alicia no podía ni siquiera moverse, estaba completamente paralizada.
Un par de semanas pasaron en las que Alicia trataba de no trabajar tanto, sus colegas estaban mucho más amables ahora, pero Alicia no quería el contacto. Mil cosas pasaban por su cabeza durante el día, pensaba en si debería hablar con la jefa del Departamento de Personal. “Mejor no” – se decía – “ella parece ser muy buena amiga de la supervisora”. Pensó en hablar con el Manager General, Mr. Malinka, “pero si no me cree y me pide pruebas” se preguntaba. Sabía perfectamente que nadie la apoyaría para demostrar su acusación, entonces decidió callar.
Al cabo de un mes de calma las cosas volvían a estar en contra de Alicia. El cajero de los fines de semana se quejaba de que no podía ausentarse ni siquiera un minuto, porque nadie más sabía como usar la máquina del café. Alicia quiso ayudar y al parecer, olvidando que precisamente ayudar era la razón de sus males, le pidió a la supervisora que la capacitara. La supervisora la mandó donde Ana, quien la devolvió a la jefa sin enseñarle nada. La supervisora volvió a mandar a Alicia donde Ana, ésta vez Ana le habló de muy mala manera: “después de tantos meses en esta empresa deberías saber como usar la máquina. Si quieres aprender, hazlo sola. Me da igual si te quemas completa o si destruyes la máquina”. Alicia intentó explicarle que ella no había tenido la oportunidad de aprender, ya que siempre estaba entregando los pedidos al otro lado del local y que los fines de semana se presentaba un problema cuando el cajero necesitaba hacer una pausa, pero Ana ni la escuchó. Al contrario, la amenazó con ponerle “algo” al agua si seguía insistiendo en la capacitación. “¿Qué?” – Eso ya era demasiado. “¿Qué me quiere decir con eso? ¿Está tratando de envenarme?” – se preguntó desconcertada Alicia. Volvió a sentir como la sangre le subía a la cabeza y sin pensarlo dos veces fue a buscar una grabadora de bolsillo que andaba trayendo en su cartera y cometió la falta por la que ahora estaba perdiendo su trabajo; comenzó a grabar las cosas que Ana decía y a juntar las “pruebas” que necesitaría para defenderse. Rápidamente la supervisora intervino y le quitó a Alicia la grabadora de las manos reprendiéndola severamente, la envió a casa y le pidió que no volviera hasta que la llamaran. “¿Qué pasó con Ana? ¿Qué le dijo la supervisora?” le pregunté – “No sé” me respondió “Creo que nada porque desapareció apenas llegó la supervisora”. Todo eso había ocurrido dos días antes que nos encontraramos.
Pobre Alicia, mi reacción calmada la puso histérica, sintió que yo tampoco la entendía. “Esto ya lo he visto antes” le dije “siempre le pasa a los buenos trabajadores”. Le expliqué que es algo muy habitual que ocurre en todas partes, se llama Workplace Bullying. Empieza silenciosamente y termina destruyéndo emocionalmente a los afectados. ¡Es gravísimo! En algunos países de Europa es considerado delito porque en casos extremos puede llevar a los afectados a cometer suicidio.
La pregunta ahora es: ¿Como afecta este tipo de actitudes a las empresas?
Bueno, hay un deterioro considerable en el servicio que se provee, pérdida de clientes, disminución en la productividad de los afectados y también de los colegas que presencian esta clase de abusos, pérdida de compromiso con la empresa, aumento en los días de ausencia y en los accidentes laborales, significativo deterioro en la salud de los empleados, envenenamiento del ambiente de trabajo. En la website especializada en este tema: www.workplacebullying.org se habla de que los costos financieros por esta práctica superan los $200 Billones de dólares al año! Allí también se menciona que estudios demuestran que los afectados no son lo más débiles o los más nuevos en la empresa, al contrario son empleados altamente calificados, competentes y experimentados, que representan una amenaza para supervisores y managers. A veces éstos buscan alianzas con empleados del mismo nivel de los afectados para llevar adelante su repugnante plan.
Si usted es un empresario por favor mire las cosas desde una perspectiva más amplia. Este tipo de actitudes sólo prosperan si hay supervisores o managers que están permitiéndolas o peor aún, promoviéndolas. Que fácil habría sido para Alicia si la supervisora hubiese simplemente hecho su trabajo, y no hubiese permitido que el personal se moviera de sus posiciones o hubiese intervenido en el primer momento en que Ana no quiso capacitar a Alicia, que era lo que correspondía. Sin considerar los costos legales de esta práctica, lo peor para mi es precisamente, la pérdida de un buen empleado; una persona capaz, motivada, trabajadora, comprometida con el negocio, a la cual sólo se le dieron dos opciones: bajar su rendimiento y adaptarse al grupo o buscarse un nuevo trabajo. Ambos escenarios letales para el empresario, no sólo por las pérdidas económicas que implica, sino también porque reafirma la actitud del grupo. Adivine que harán la próxima vez que aparezca un empleado que les parezca “amenazante”.
La historia de Alicia continua cuando le mandamos una carta a la jefa del Departamento de Personal con copia a Mr. Malinka, en la cual explicamos con gran detalle la situación de Alicia y sus colegas. Yo había advertido a Alicia que su situación era muy extrema y mandar la carta era una medida del tipo Todo o Nada. Afortunadamente, Mr. Malinka por esos mismos días estaba investigando las razones por las que las ventas estaban bajando, había oído los comentarios de algunos clientes insatisfechos al salir de la cafetería, y la carta de Alicia le caía como una revelación del cielo. A diferencia de muchos dueños de negocios que sólo ven la superficie, Mr. Malinka investigó, escuchó, observó y al final decidió: Alicia fue transferida a otra cafetería dentro de la misma Universidad, Ana fue despedida y denunciada a la policía, la supervisora fue bajada de puesto, la jefa del Departamento de Personal fue devuelta a la oficina central, con amonestación por escrito por su conducta en otros casos que salieron a la luz durante la investigación. Alicia continuó trabajando con más motivación que antes; al final del año recibió el premio a la mejor empleada de toda la empresa.
¡Que Dios les bendiga y hasta la próxima!